viernes, 17 de noviembre de 2017

BIZCOCHO DE MAMÁ.










Hacía mucho tiempo que no publicaba, perder a una madre es una pena negra, grande y profunda; es por eso que quiero retomar este entretenimiento con una receta suya,  un homenaje a esa gran persona que siempre permanecerá viva en mi corazón y mi recuerdo. Es una receta que sabe a hogar, a familia, a cariño; una receta que huele a consuelo, a ternura y comprensión, a meriendas alegres y desayunos somnolientos. Este bizcocho mi madre lo hacía sin despeinarse, como si fuera la cosa más sencilla del mundo. Yo necesito tiempo, concentración y una batidora que se enchufe para montar las claras a punto de nieve, eso de hacerlo a mano mientras miro el infinito por la ventana, como ella, es imposible. 
Igual que siempre, sobre la receta original, he añadido un pequeño toque con un almíbar de anís. El bizcocho queda jugoso y riquísimo. Recuerdo que con un pedazo de queso gallego cremoso, era una de mis meriendas favoritas.

Necesitamos: Seis huevos medianos, un vaso de azúcar, un vaso de aceite, un vaso de anís, ralladura de limón (sin miedo y al gusto), dos vasos de harina,  un sobre de levadura y una pizca de sal. Para el almíbar necesitaremos: un vaso de agua, medio vaso de azúcar, un par de estrellas de anís y un vaso pequeño de anís.

Empezamos separando las claras de las yemas, y colocamos cada cosa en un bol. Las yemas las batimos con el vaso de azúcar hasta que queden blanquecinas. Una vez bien batidas, añadimos los líquidos, primero el aceite y luego el anís. Le damos al brazo para que los músculos se ejerciten y batimos con ahínco. Ponemos ralladura de limón al gusto y relajamos el brazo que ya no sentimos poniendo a calentar el horno. La temperatura es 180 grados y, nada de ventilador o zarandajas por el estilo, calor arriba y abajo estilo horno tradicional.
A las yemas y demás,  nos queda añadir la harina tamizada (con un colador lo hacemos en un periquete) mezclada con el sobre de levadura. Volvemos a batir todo hasta que no nos quede ni un solo grumo, todo perfecto y homogéneo.
Las claras las ponemos donde podamos batirlas a punto de nieve, si es a mano, paciencia y unas varillas; si no tenemos, podemos encajar dos tenedores como si se estuvieran abrazándose y darle al manubrio hasta que queden bien montadas, solo es cuestión de paciencia y voluntad.
A las claras se le pueden añadir unas gotas de vinagre o una pizca de sal  para que queden firmes, pero no es imprescindible.
Una vez bien montadas,  las vamos echando a la mezcla de las yemas y demás colegas, arropándolas, nada de batir, hacemos movimientos envolventes, para que la masa coja aire pero a la vez las claras no se bajen; es fácil, sólo hay que ir moviendo el brazo con la espátula en forma de &&&&&.

El molde, el que más nos guste, lo engrasamos, enharinamos y echamos dentro nuestra perfecta mezcla del bizcocho. Abrimos la puerta del horno y nos despedimos de él durante unos treinta y cinco minutos aproximadamente. No se le ocurra a nadie abrirle la puerta al principio, se nos bajaría. Una vez que han pasado los primeros treinta minutos, podemos, si tenemos dudas, pincharlo con una aguja, si sale limpia, está listo. 
En el tiempo que el bizcocho se hornea, nosotros nos preparamos un almíbar: un cazo, el vaso de agua bien colmado y las estrellas de anís. Ponemos a cocer todo y cuando lleve un par de minutos hirviendo, añadimos el azúcar, revolvemos bien y llevamos a ebullición; luego bajamos el fuego y lo dejamos a lento unos minutos (nunca los contabilizo pero deben ser seis o siete), nos quedará un almíbar ligero. Pasado este tiempo, añadimos el vasito de anís, levantamos un hervor (uno solo,  solito) y apagamos.

Cuando tengamos el bizcocho lo dejamos templar y lo desmoldamos. Con una cuchara sopera lo regamos con el anís y luego....al ataque mis valientes con la espada y con los dientes......

Deseo que os guste.